lunes, 9 de abril de 2012

Iridiscencia

Te juro que no me entendí en ese entonces y no me entiendo ahora pero todo lo que hice, de alguna forma rara, fue a conciencia. Te miré a través de cristales, tu piel era iridiscente y sentí un hambre incontenible cuando tus ojos de avellana atravesaron los cristales que te juro, por un momento, sentí estallar. Y me atravesaste a mi también. A veinte metros de distancia tu mirada reptil me envenenó de cuerpo y alma. Si es que todavía tenía alma, si no me la habías robado. Fue un encuentro fugaz, mudo y violento, te juro que no entendí qué me impedía moverme esos veinte metros tortuosos y explicarte que me habías alegrado el día. Tu boca, a veinte pasos, me respiraba. Abrí la boca para respirarte también y en el tiempo que un par de ojos parpadea y un extraño se interpone entre los cristales sucios, el colectivo arrancó y desapareciste para siempre. Los pulmones se me llenaron de humo negro, los ojos se me embebieron en tu misterio y tu piel iridiscente. Y tu boca que me respiraba, y tus ojos de avellana. Y por supuesto, no te vi más.

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