lunes, 17 de diciembre de 2012

Tengo una quemadura en cada uno de los pocos milímetros que tu piel tocó la mía. Te pedí más, sin decirlo, y miraste para otro lado.
Brindo mil veces por vos y las millones de veces en las que no me tocaste para darme un poco de esa electricidad que traías con vos. Ahora se que era mejor que no te acercaras, porque el agua me estaba tapando y el agua y la electricidad no se llevan bien.
Ahora sí te dejo acercarte pero despacio y con la condición de que cada tanto me digas una o dos cosas sobre vos.
No le digas a nadie, voy a tratar de no decirle a nadie.
Ultimamente las cosas no me vienen saliendo nada bien y me gustaría conseguir lo que quiero, aunque sea una vez. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Piezas

Voy por calles que no son mías, duermo en una cama que no es la mía. Las lucecitas navideñas hoy no prenden: hay un corte de luz en toda la ciudad. Camino buscando algo conocido, igual que antes buscaba caminar y perderme. Mis amigos son extraños.
Todos los cuerpos son vos, todas las caras son vos, trato de despertarme y nada. Me sigo despertando y te encuentro en todas las caras y voces, aunque no lo quiera. Y no es que me hagas falta, sino que me sobran un montón de cosas que no se dónde poner.
Me miro al espejo y estoy yo, la única pieza que todavía sigue estando en su lugar cuando todo se dio vuelta soy yo. No se qué significa y ni siquiera se si me sirve de consuelo pero yo estoy acá.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Me gusta mirarte.

Es que no se, deben ser tus ojos. Tenés unos ojos marrones, gigantes, brillosos. Me cuesta mirarte en silencio, siento que sabés todos mis secretos. 
O capaz son dientes, me gustan mucho tus dientes. Me gustan porque sonreís poco pero muy bien. En realidad me gusta toda tu boca, aunque no la haya probado. Me gustaría probarla.
También me gusta tu voz, me enloquece escucharte hablar, podría estar horas así como estoy ahora, solo escuchándote.
Me gustan tus manos que no me animo a tocar.
Me gustan tus gustos.
Me gusta no querer nada con vos, saber que no me muero si no te veo y que vos no te morís sin mi. 
Me encanta saber que estás en otra y que nunca me vas a escribir algo así.

Me gusta mirarte.
Mirarte y nada más.



domingo, 18 de noviembre de 2012

Cientosetentaydos.

Busqué un nombre conocido en la lista de contactos y marqué, con una angustia indeleble de vaya a saber dónde. Al instante me sentí mejor. Hablamos y sentía como me iba aflojando de a poco. No le dije nada de cómo me sentía, solo me limité a contarle algunas cosas y escuchar otras más.
- ¿Y entonces?
- Entonces llegué a la conclusión de que es un vampiro.
La voz del otro lado del teléfono se reía y yo me reí con ella. De vez en cuando era lindo que alguien te recordara que tenías una casa y gente que te quería. Jamás me paro a pensar demasiado en lo valiosa que es y tampoco creo que entienda la paz que me hace sentir con su sola presencia. Hablamos un poco más y la dejé porque sino iba llorar, ponerme a los gritos o perder la cabeza de alguna forma. Inhalé. Exhalé. Me sentí un poco mejor. No tanto, pero supongo que en algún momento se va a pasar. Probablemente cuando nos sentemos a charlar un rato.

martes, 13 de noviembre de 2012

Cecilia

- ¿Alguna vez pensaste en que toda esta gente tenía una vida normal como vos  y yo? - Ella miraba por la ventana del tren. Seguí su mirada y me encontré con tres hombres sucios que dormían en el piso de la terminal - Que endeble es todo, que rápido que pueden cambiar las cosas. De repente tenés un trabajo, techo, una familia y de repente no. ¿A dónde va todo eso? ¿Qué les pasó a esos hombres? ¿Por qué están acá?
La frialdad en la voz de Sofía resultaba perturbadora en contraste con la emotividad de sus palabras. Cecilia en sí resultaba perturbadora gran parte del tiempo. Diecinueve años, un metro ochenta y siempre de punta en negro. Era de contextura frágil, tenía la piel muy blanca, el pelo color caoba y en general una apariencia de poca salud. Jamás usaba maquillaje y salía en raras ocasiones. Estar en su compañía era casi como estar solo, con la diferencia de que sentía la presión de charlar de algo. Ella aparentemente no sufría los silencios incómodos. No sabía si sufría algo. A menudo mis intentos desesperados por ponerme a su nivel me llevaban al ridículo. Ella no se reía, ni siquiera contestaba.
- No se si es tan así.
- Me llama la atención las ganas de vivir de esta gente. Hay gente que decide dejar de vivir por mucho menos. ¿Alguna vez quisiste dejar de existir?
Su tono resultaba en extremo desagradable de a ratos. Era tan asquerosamente distante y tenía tan poco tacto que me daban ganas de sacudirla. Estaba seguro que ni siquiera se le aceleraba el corazón. Si es que le latía, claro está. Cuando escuché su pregunta tuve ganas de salir de ahí. Me miraba como si pudiera atravesarme y saber todo de mi. Creía que sus preguntas eran por cortesía porque sabía que ella no necesitaba preguntar nada.
- Oh. Me imaginé, era de esperarse- me dijo. Ni siquiera quise preguntarle por qué era de esperarse así que me limité a quedarme en silencio y tratar de pensar en otra cosa. Cecilia tenía además dos grandes cicatrices verticales en sus antebrazos que casi nunca se veían. No le pregunté jamás por ellas, sabía que la respuesta iba a ser una pared de silencio. Cecilia aparecía y desaparecía con la luz de la mañana. No sabía si era tangible o no, no me atreví a tocarla. Real era, eso es seguro. No quería verla más. Atravesábamos el campo y estuve pensando varias formas de tirarme por la ventana y no lastimarme. Por desgracia no se me ocurrió ni una. 

domingo, 4 de noviembre de 2012

Fin del Recorrido.

''Próxima estación:  Acoyte.'' Dice la voz ausente de una mujer, o un robot, no estoy segura. ¿Te acordás del primer beso en Parque Rivadavia? ¡Cómo esperamos eso! Eramos tan chicos y nos queríamos tanto que ahora hasta me causa gracia. Es normal ponerse a pensar en el principio después del fin, creo.
Pasan las estaciones.
''Próxima estación: Plaza Miserere.'' Una noche de corridas en Once, escapando de no se qué o persiguiendo a no se qué cosa.
Alberti y después Pasco. Recuerdo el día en que te conté por vigésima vez la historia de la media estación pero vos ya no me escuchabas. Habías dejado de escuchar esa historia hace rato.
''Próxima estación: Congreso''  La voz metálica me rompe la cabeza, lo mismo con el ruido insoportable del subte mientras me voy acercando a un lugar en el que jugábamos a ser turistas, preguntábamos por calles que conocíamos de memoria y nos íbamos riendo. Pero eso dejó de divertirme y tu cara y tus actitudes también. No, no dejaron de divertirme, empecé a detestarte. Y vos sentías lo mismo, estoy segura. Podríamos haber terminado las cosas a tiempo y no dejar que todo se pudra. Qué costumbres de mierda tenés, por favor. Y qué pelotuda puedo ser cuando tengo ganas, eh.
Proxima estación: Ninguna, no hay próxima estación. Andate a la concha de tu madre.
Fin del recorrido.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Zoe

Zoe tenía la altura y el cuerpo promedio. Su cara tenía dos ojos, una nariz y una boca, como la mayoría de las caras y el pelo marrón y ondulado, del largo más común. La vi una vez en el tren. Si estás tratando de imaginarla, pegada al vidrio con los barrios porteños sucediéndose de fondo, te estás equivocando. Esa chica que te imaginás no es Zoe. Nada que ver. Zoe es esa que está atras de la que estabas imaginando vos, una en la que no habías ni reparado. Ella lleva una existencia tranquila y silenciosa, con sueños comunes y aspiraciones muy simples. Mucha gente idiota diría que Zoe es aburrida. Pero no, Zoe es un oasis. Zoe es un oasis que solo encuentra la gente que sabe buscar. Ella no espera que la encuentren pero aprecia la sonrisa cómplice de la gente que la ve aunque sea casi transparente.

domingo, 21 de octubre de 2012

Feria Americana.

En el Ejército de Salvación encontré un sombrero hecho a medida para un señor de cabeza muy puntiaguda y el vestido de una novia que se tiró al mar.
En una feria americana de Ramos encontré un disfraz de jirafa y un buzo traído de Disney que tenía la cara de un ratón.
Juan Perez me ofrecía glamour de las épocas doradas y de las no tan doradas presentadas en forma de un abanico de lentejuelas de arcoiris.
En Morón estaba el camisón de una señora con insomnio, una camisa con manchas de pintura y un vestido que tenía ganas de contar una historia.
En el Parque Centenario encontré un saco con olor a vos. Tuve que comprarlo.
En la Galería 5ta Avenida había tantos fantasmas que tuve que salir corriendo. No sin antes llevarme una pollera gris toda desteñida que me costó cinco pesos.

viernes, 21 de septiembre de 2012

If You're Feeling Sinister.

Yo tengo la teoría de que la canción indicada en el momento justo puede crear un amor. Te invité a merendar a casa casi sin conocerte. Tu timidez extrema y mi ansiedad no parecían hacer muy buena pareja. El silencio se hacía enorme así que busqué nerviosamente entre los cd's y puse If You're Feeling Sinister de Belle & Sebastian.  Mi nerviosismo se volvió controlable, me sentía aliviada cuando podía hacer una pregunta que requiriera una respuesta larga. Tus ojos estaban siempre en la taza, pero al menos hablabas. Traté de no incomodarte, jugaba con la cuchara, trazando ochos en la superficie del café con leche pero en realidad estaba atenta a cada uno de tus movimientos. Hablamos de cosas intrascendentes y de otras muy serias. En voz baja, como hablás vos. Unos pocos rayos de sol invernal jugaban a hacer que tu cabeza se convierta en un arcoiris. Me alegraba conocerte de a poco. De a poco también, te dejabas mirar y te atrevías a buscarme la mirada. No entendías ni una palabra de inglés pero te mecías suavemente al ritmo de la música. Vivimos un amor de treinta y siete minutos con ocho segundos. Un romance mudo, de miradas de reojo y sonrisas disimuladas.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Imposible.

Me gustaría preguntarte tu nombre y si te puedo sacar fotos con la cámara que no tengo. Te diría que sos la cosa más increíblemente linda que vi en mucho tiempo y sería verdad, por supuesto. Te asustaría un poco pero yo soy así y realmente no espero volver a verte después de hoy así que tampoco me importa mucho.

domingo, 19 de agosto de 2012

Sábados a la 13:15hs.

Viene de acá.
Pasaron dos sábados lluviosos y horribles en los que tomé el mismo colectivo en la misma parada, saliendo de mi casa a la 13:15hs. y no te encontré. Fue un bajón. Ya me estoy resignando, eras demasiado para ser real. De a poco tu cara es cada vez más borrosa, se mezcla con otras caras conocidas. Trato de agarrarme a los bordes del recuerdo y traerlo, abrazarlo. Los ojos, la media sonrisa, las manos, el libro. Todos borroneados por la lluvia esta que parece que no va a parar nunca.
Seamos sinceros, no puedo dejar de ilusionarme cada vez que me tomo ese que ahora es el colectivo más triste en el que viajé. No lo hago intencionalmente, no voy a buscarlo. Pero cada vez que lo paro, cruzo los dedos y espero el milagro. No pasa, obvio. Tampoco me resigno, soy demasiado caprichosa como para resignarme. Algún día quizás te encuentre. Espero que sea pronto, lo antes posible. El agua de lluvia me está dejando unos charcos terribles en la cabeza. No quiero olvidarme, pero más me esfuerzo acordarme y más se me pierde tu cara. Ya te parecés a mi primer amor, a un cantante cuyo nombre no recuerdo y a un actor de comedias románticas.
Me da mucho miedo pensar que en algún momento me voy a olvidar de tu cara y te voy a cruzar otra vez pero ni me voy a dar cuenta de que eras vos. O a lo mejor sí, no se cómo funciona eso porque nunca me pasó. No, no, está bien. Voy a saber. Cuando se te vayan borrando los contornos y los rasgos y tu cara se convierta en un borrón, voy a saber que sos vos. Se que te voy a volver otra vez, aunque tenga que ser en sueños. Yo por las dudas cruzo los dedos cada vez que me subo al 172.

martes, 7 de agosto de 2012

Chiaroscuro.

Tenebris.
¿No es eso hermosa esa falta de limitación que hay en la oscuridad? El miedo a la oscuridad es miedo a lo desconocido, a lo eterno, a lo interminable. Nos sentimos aplastados por ese vacío que parece infinito, aún entre cuatro paredes. Donde no hay luz, absolutamente nada de luz, las paredes caen,  todo desaparece en una nada donde quedamos solos con lo que somos. Los monstruos y las sombras no son más que justificativos. Todo es nuestra cabeza. Tenemos miedo a la libertad. Tenemos miedo a nosotros mismos y lo que somos capaces de pensar cuando nadie mira.
Lux.
De todas formas, si a mi me preguntan, deberíamos tener miedo a la luz. A ver donde está el límite. A ver que existe un universo que quizás tiene fin. Porque yo no tengo miedo a esas voces que me hablan en la penumbra, estoy más que acostumbrada a ellas. Pero la luz es mala, la luz revela esa supuesta realidad de las cosas. Tenemos tanto miedo de nosotros mismos que nos molesta encontrarnos con lo que realmente somos. Tenemos tanto miedo que necesitamos cargarnos el cerebro viendo cosas innecesarias. ¡Pero que cómodo es saber que hay paredes, suelo y techo! ¡Que comfortable sensación esa de ver que uno está encerrado!

domingo, 5 de agosto de 2012

Claro que no lo hice, claro que no lo hiciste.

El ejemplar viejo y manoseado de ''La Caída'' de Albert Camus fue lo que me llamó la atención. Lo sostenían unas manos pálidas, grandes, de hombre y con esmalte saltado en las uñas. Esas manos me invitaron a recorrer todo lo demás. Caminé por tus brazos y tus piernas, cada detalle de tu ropa colorida, de esa funda que prometía una guitarra. Dejé la cara para lo último, a medida que el deleite crecía, trepaba por tu cuello, sin perder detalle de esa blancura, de cada lunar, de cada pelo. Llegué a tu cara seria, concentrada en la lectura. Labios apretados, que de tan tentadores eran casi obscenos. Estabas muy lejos de ahí. Varias personas me tapaban tu asiento de a ratos así que tuve que hacer varias maniobras discretas para tratar de meterme a ese pequeño mundo rebelde que prometías sin haber dicho nada., sin siquiera mirarme. Camus que decía que cada acto de rebelión expresa una nostalgia por la inocencia. Entendí eso cuando una nena se sentó al lado tuyo con un muñeco y vos no podías sacarle los ojos de encima, la mirabas con una ternura inmensa. Hasta le dedicaste una media sonrisa. 
La media sonrisa ya me había dejado bastante volteada y ciertamente no estaba preparada para lo que siguió. Hace quince minutos que viajábamos juntos, en esos quince minutos me había peinado unas veinte veces, había sacado y guardado cinco veces un libro y me había acomodado la ropa incontables veces. Si bién desde que advertí tu presencia esperaba conocer tus ojos y había planeado sonreirte. Como siempre me pasa, en mi cabeza me creo más ganadora y menos boba de lo que soy. Me miraste y no solo que no sonreí, sino que probablemente estaba poniendo alguna cara rara. Como sea, tenías unos ojos hermosos. Mirá que no soy fan de los rubios y sus ojos claros. Pero tus ojos eran enormes, de un azul perfecto. Cruzamos un par más de miradas, creo que te sonreí. O no, me bloqueé tanto que ni me acuerdo. Llegando a la media hora del viaje, se desocupó un asiento frente al tuyo al que me lancé en picada. Quizás ahí sí te sonreí tímidamente, de la única forma que me sale. Me causa mucha gracia haber estado convencida en algún momento de que quería sostenerte la mirada y sonreírte sensualmente porque realmente no soy capaz de ninguna de las dos cosas. El viaje llegaba a su fin. Sabía que ibas a bajar en Acoyte y Rivadavia, como todos los demás. Caminamos media cuadra juntos, te miraba cada tanto mientras cruzábamos Acoyte y me sentí invadida por la desesperación cuando vi que seguías para el lado de Rivadavia. Te miré una última vez antes de doblar y justo te diste vuelta. Me convencí de que era solamente una coincidencia y seguí caminando, aguantando las ganas de salir corriendo y buscarte, solo para decirte que eras lindo y luego correr a esconderme debajo de una piedra. Claro que no lo hice. Caminé hasta la parada del siguiente colectivo que tenía que tomar y esperé algún milagro, como ver que volvías corriendo. Claro que no lo hiciste. Esas cosas no pasan.